
Cuenta la leyenda que en un lugar que se esconde, no por miedo sino por pudor y los avatares del devenir, un pequeño pueblo recogido entre villas mas ruidosas, donde las historias no se anuncian en carteles, donde la cotidianidad trascurre lenta y sosegada y donde las mujeres sostenedoras de vida aprendieron a hacerlo en Silencio como quien mantiene una llama para que el viento no la apague, allí surge una familia cuyo tronco es sostenido por mujeres fuertes, aguerridas y decididas. De carácter firme y manos ocupadas hubo una que no hicieron ruido en los libros, pero sostuvo no solo su familia sino la tradición de un pueblo con su esfuerzo.
En oficios que tal vez nadie nombra, de aquellos que no dan placa, y sin embargo, mantienen el orden invisible de los días. Cuando a este terruño apenas si llegaban foráneos a desempañar los escasos cargos oficiales, cuando llegar y pernoctar era un acto de simple fe su casa se convirtió en refugio… restaurante sin letrero, Posada sin registro un caluroso lugar donde el hambre y el cansancio encontraban amparo. En sus butacos se sentaron, alcaldes, jueces, empleados, caminantes, curas, amigos y sobrinos. Allí también se cocieron chocatos no con pita sino con historias, risas y silencios, junto a su eterna hermana decidieron ser muchas cosas a la vez madres, tías y anfitrionas de todo el que pasaba frente a su vida.
Fue madre soltera en un tiempo que no se perdonaba y aun así no pidió permiso para existir crio hijos y sobrinos, acogio amigos y forasteros, resistió desaires y persecuciones. Su fortaleza no fue dureza aunque su carácter así lo indicara, al pasar los años vio como su pueblo se trasformaba y una de sus mayores alegrías era recordar con lujo de detalles y por menores los aconteceres de un pueblo desde los cambios físicos en la iglesia, el parque, la alcaldía hasta las costumbres, tradiciones y valores y aunque su cuerpo caminaba lento la memoria seguía corriendo libre por las calles en las que su niñez se fue trasformando y en la cual hoy a través de sus relatos seguirá como ese legado y esa llama que no se puede ni se debe apagar. Doña Zoraida no se va del todo queda en las humeantes cocinas que aun en mis recuerdos huelen a caldo, en la hospitalidad de sus desencintes y en las mujeres que no piden permiso para luchar por sus ideales, porque Pinchote es lo que es gracias a mujeres como ella.
